21 junio, 2008

Historias Reales by Criminalistico_Dte: Ricardo Barreda.

De acuerdo a la Wikipedia, el asesino múltiple es aquel sujeto que mata a un grupo elevado de personas (más de tres, según el criterio del FBI) en forma simultánea o casi simultánea, a diferencia del asesino serial (término acuñado por Robert Ressler) que separa sus acciones con períodos de inactividad.

Los crímenes cometidos por los serial killers, como Ted Bundy, Dexter Morgan, “Jack the Ripper” y Harold Shipman, son resultado de una compulsión que puede tener sus orígenes en la juventud o en desajustes psicopatológicos del asesino, contrariamente a aquellos que están motivados por ganancias monetarias (asesinos a sueldo) ó los que tienen motivaciones ideológicas o políticas (terroristas, genocidas, magnicidas).

Un asesino masivo o múltiple, por otra parte, es un individuo que comete varios asesinatos en una ocasión aislada y en un solo lugar. Los autores algunas veces cometen suicidio, por consiguiente, el conocimiento de su estado mental y el motivo que los impulsa a actuar de esa manera, se deja muchas veces a la especulación.

La mayoría de los asesinos masivos caen dentro de tres categorías: aniquiladores de familias, individuos con trastornos mentales, y trabajadores disgustados.

El incidente del que voy a escribir en esta oportunidad conmocionó a la sociedad argentina: el caso del odontólogo Barreda, un ejemplo de abuso doméstico donde es dificil trazar la diferencia entre victima y victimario, según la opinión que aún hoy perdura.

EL HECHO.
Al accionar la cola del disparador de la escopeta española Víctor Sarrasqueta calibre 12, se inició un simple pero eficiente mecanismo interno de pequeñas piezas móviles y muelles que culminó cuando el martillo del arma golpeó sobre el fulminante, lo que causó la detonación de la carga explosiva compactada en el interior de la cápsula. Dos estruendosos disparos quebraron el silencio de ese caluroso mediodía del 15 de noviembre de 1992 en la ciudad de La Plata. Uno alcanzó a Adriana (24). El otro, dio en el estómago de Gladys Mc’Donald (57), que cayó junto a su hija. La palanca de apertura de la recámara es fácil de accionar, liviana; el tirador completa la recarga rápido y dispara de nuevo.

“— ¡Mami! ¡Está loco!” Alcanzó a gritar la joven antes de recibir otro impacto sobre el pecho. Gladys recibe otra descarga, también en el pecho, que pone fin a su vida. A Adriana la azota un tercer escopetazo sobre el cuello. El piso del comedor diario comienza a cubrirse de sangre.
La madre de Gladys, Elena Arreche (86) leía en su habitación, en la planta alta de la casona de la calle 48, al 809. Alertada por el ruido, bajó corriendo. Estaba terminando de recorrer el trecho entre las escaleras y el pasillo cuando, al asomarse por la puerta, la precisión del homicida volvió a emerger. “¡Bang!, ¡bang…!”.
La hija mayor del matrimonio Barreda, Cecilia (26), que se preparaba para salir con su novio, aparece por detrás de su abuela.

“— ¡¿Qué hiciste hijo de puta?!” recuerda Ricardo Barreda (56 años al momento de los hechos) que le gritó su hija.
“— Le disparé (a Cecilia) cuando estuvo a tres metros. En ese momento sentí una sensación de alivio, de liberación y de que había hecho justicia” declaró el odontólogo tiempo más tarde.

LA HISTORIA.
Basada en la declaración que hiciera el Dr. Barreda al Tribunal que lo juzgó por el cuádruple homicidio.


“Aquel domingo bajé lo más tranquilo. Ellas (Gladys y Adriana) acababan de almorzar. Pasé por la cocina y le dije a mi esposa:

‘— Voy a pasar el plumero en el techo, porque está lleno de bichos que dan una mala impresión. O sino -le digo- voy a cortar y atar un poco las puntas de la parra que ya andan jorobando. Voy a sacar primero las telas de araña de la entrada, que es lo que más se ve.’

Me dice:

‘— Mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan: es para lo que más servís.’

No era la primera vez que me lo decía y me molestó de sobremanera. El asunto viene a que yo me atendía mi ropa: si se me despegaba un botón, me cosía el botón. Es decir, me atendía personalmente en todo lo referente a mi indumentaria.

Al contestarme ella así, sentí como una especie de rebeldía y entonces le digo:

‘— El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra.’

Para hacer eso había que sacar una escalera del garaje. Voy a buscar un casco que estaba en el bajo escalera, porque tuve dos conocidos que haciendo cosas similares se vinieron abajo y tuvieron lesiones serias en la cabeza. Entonces yo me había comprado un casco de esos de obreros de la construcción. Voy a buscar el casco y encuentro que afuera del bajo escalera, entre una biblioteca y la puerta, estaba la escopeta parada.

Los cartuchos estaban al lado, en el suelo, en una caja, y así habían estado desde hacía mucho tiempo. Y ahí…bueno, fue extraño. Sentí como una fuerza que me impulsaba a tomarla. La agarro, voy hasta la cocina, donde estaba Adriana, y ahí disparo.”

EL PLAN.
Los cuatro cuerpos sin vida de la que había sido su familia tendidos en el suelo. Ocho cartuchos Orbea del calibre 12/70, color amarillo, percutados y dispersos en el piso del comedor. Uno había quedado en el arma. El inconfundible olor a pólvora enturbiaba el aire. Barreda, con rostro inexpresivo, tumbado sobre un sillón, abrazaba el brillante cañón doble de la escopeta que, diez años atrás, le había regalado su suegra. Este fue el lúgubre escenario que quedó tras el día de furia del odontólogo.



Frente de la casa de Barreda, con pancartas y pintadas que recuerdan el hecho

Ricardo Barreda había comenzado su día de buen talante, decidido a arreglar las cosas en su familia. Una mala época había sumido al dentista en una profunda depresión de la que, según su propio testimonio, su familia no se hizo eco.

“— Pedí ayuda a mi mujer a ver si se podían suavizar un poco las cosas, pero no encontré respuesta de ninguna especie. Nunca había tiempo para eso. Sabía que me hacía mal y lo dejaba pasar. Muchas veces dije: ‘Somos una familia enferma y creo que tendríamos que ver a alguien que nos ayude’. Pero la respuesta era: ‘No, andá vos que sos el loco’” recordó Barreda en un entrevista.

Luego de cavilar unos instantes, se levantó, dejó la escopeta sobre el sillón y recogió los cartuchos; los puso dentro de la caja y los colocó en el baúl de su Ford Falcon. De nuevo en el comedor, revolvió papeles y desacomodó los muebles, simulando la escena de robo violento, del que pensaba convencer a la policía su familia había sido víctima.
Tomó la escopeta, subió al auto y se fue con rumbo al zoológico, lugar que visitaba regularmente y que le daría una coartada. De camino, arrojó los cartuchos en una boca de tormenta en el centro de la ciudad. La escopeta fue a parar a un canal, en un paraje cercano a Punta Lara, a unos 10 km. de La Plata.
Despúes, se hizo tiempo para ir al cementerio para “hablar” con sus padres y alrededor de las cinco de la tarde, entró a un hotel alojamiento con su amante, Hilda Bono, con la que pasó el resto del día: fueron a comer pizza.
Minutos antes de la medianoche volvió a su casa. Entró, prendió las luces. El lugar estaba tal cual lo había arreglado: las cuatro mujeres de su vida seguían ahí. Llamó un servicio de ambulancias y a la policía. Contó su historia del robo y fingió consternación. El comisario de la seccional 1º, Ángel Petti, tenía sus sospechas sobre aquel delgado sujeto.

Lo llevó a la comisaría y mientras le interrogaba sobre lo sucedido, le acercó el Código Penal, abierto en la página del artículo 34: casos y situaciones en que la ley considera inimputable de sus acciones a una persona. El comisarios se fue, lo dejó sólo con su lectura. Al terminar de leer, Barreda comprendió el mensaje. Llamó a Petti y confesó los crímenes. Horas más tarde, lo condujo a la boca de tormenta y le indicó el lugar en donde había abandonado el arma.

LA "EXPLICACIÓN"
El Doctor fue encarcelado, en espera del juicio por el delito de triple homicidio calificado y homicidio simple. El 7 de agosto de 1995 reveló cada detalle del crimen a los integrantes de la Sala I de la Cámara Penal Carlos Hortel, Pedro Soria y María Clelia Rosentock. Durante una entrevista al Diario Clarin dijo lo siguiente:

“— ¿Está arrepentido?

— Exacto. Sí. No sé qué puede pensar la sociedad. Pero yo no me lo perdono. En aquel momento hubo una alteración profunda de mi parte afectiva que me llevó a actuar de esa manera.

— ¿Lo volvería a hacer?

— En absoluto. No hubiera hecho nada. Hubiera dejado las cosas como estaban. Me hubiera ido, como otras veces, a dar una vuelta por ahí.

— Entonces ¿por qué en el juicio usted declaró que no se arrepentía?

—En el juicio mis abogados me dijeron que la postura era ésa y que no había que cambiarla. La acepté contra mi voluntad, pero me sentía muy mal.
— ¿Siente culpa?
— En todo momento. Todo el tiempo tengo razonamientos. Estoy estudiando y de pronto me doy cuenta de que no estoy concentrado. Es porque tengo recuerdos que impiden la concentración. Veo la imagen de mis hijas cuando eran chicas.
— ¿Piensa en su esposa y en su suegra?

—Sí. Y sí... pienso en todo. Pienso que si hubiera habido un poco.... Yo estaba pasando un período depresivo muy hondo, desde hacía varios años. Pedí ayuda a mi mujer a ver si se podían suavizar un poco las cosas, pero no encontré respuesta de ninguna especie. Nunca había tiempo para eso. Sabía que me hacía mal y lo dejaba. Es decir, yo quería hablar y cuando iba para el fondo a lavar un pañuelito, ella salía para el otro lado. Eran todas actitudes escapistas que me hacían mal y mi esposa insistía. Eso va generando resentimiento.

— ¿Pero usted acepta su responsabilidad?

— Reconozco que tal vez haya sido demasiado bueno o las haya querido demasiado a todas. Yo a mi mujer siempre la quise, de mis hijas ni hablar.

— Pero usted las asesinó...

— Las chicas fueron cambiando. En casa había una especie de matriarcado. Y la orquestadora de todo era la madre de mi mujer. Una persona de carácter fuerte, entrometida.
— ¿Ese recuerdo lo mortifica?
— Y... por momentos, sí. Porque pienso que todo se pudo haber evitado.
— ¿Cómo?

— Con un poco de comprensión, con un poco de apoyo de parte de ellas, la tragedia se hubiese evitado.

— ¿Conserva algo de sus hijas?

— Lo único que encontré dentro de una agendita de direcciones es una foto de mi hija más grande, Cecilia, y yo, cuando era chiquita. La tengo alzada sobre mis rodillas. No tengo más porque después del crimen no volví a casa. Pero tengo el recuerdo en la mente, que es más importante.

— ¿Qué haría primero si saliera libre?

—Les llevaría flores a mis dos hijas al cementerio.”

Durante el juicio oral, el odontólogo quiso justificar su brutal comportamiento: “Eran ellas o yo”, declaró. “Si no las mataba, ellas lo hubieran matado a él” afirmó durante una entrevista el abogado de la defensa, Carlos Irisarri, citando a Barreda.

Un de los peritos de la causa, Bartolomé Capurro, aseguró al tribunal que el acusado padecía de “psicosis delirante”. Si esa teoría hubiese sido aceptada por la Cámara, Barreda habría terminado en un manicomio. Esta patología, de etiología psíquíca u orgánica, se caracteriza por una desorganización de la personalidad, alteraciones del juicio crítico y de la percepción de la realidad.

“Los delirantes toman algunos datos de la realidad y los acomodan de acuerdo a la patología que se está gestando. Por ejemplo, una mujer atiende una llamada equivocada y el delirante comienza a suponer que la llamó el amante. La comunicación existió, es un dato de la realidad, todo lo demás no. Algo parecido hizo Barreda con la situación de conflicto que mantenía con las mujeres, que era más de indiferencia que de maltrato” explicó un profesional. “Si el problema era esa familia, hay otras formas más racionales y congruentes con la condición humana de enfrentarlo y resolverlo, pero él optó por el camino más enfermo y patológico. Por eso hay un principio básico de la psiquiatría forense que dice que, cuando un crimen es patológico, sugiere un autor patológico. Barreda resolvió su problema de una manera loca porque él está loco” opinó el psiquiatra forense de la defensa, Miguel Maldonado, que entrevistó al homicida múltiple durante más de un año, antes de concluir que se lo debía declarar inimputable.

Después de largas jornadas de juicio, el acusado fue condenado a reclusión perpetua. De los tres jueces,
sólo Rosentock creyó que Barreda estaba loco y dijo en el fallo: “Era un fanático de la unión familiar que sucumbió cuando la vio desintegrarse”.

Nota: Al momento de la publicación de esta entrada, Ricardo Barreda cumple su condena en forma domiciliaria, un beneficio al que pudo acceder el 23 de mayo de 2008 debido a su edad. Convive en el barrio porteño de Caballito con su actual pareja, una maestra jubilada, de nombre Berta André, a quien la opinión pública conoce por su apodo, "Pochi". El romance comenzó a través de cartas que la maestra le escribía al odontólogo detenido, después de que fueran presentados por un amigo en común.

1 comentario:

Anónimo dijo...

weno io opino que esos trastornos deben ser curados rapidamente y revisar porque causas lo hizo osea de donde provienen yo recien soy una estudiante que empieza la carrera de psicologia y les puedo decir solamente eso!!!

La mejor forma de encubrir un crimen es con una investigación deficiente...

¡Saludos!

Mi nombre es Carlos Sosa, Licenciado en Criminalística, estudiante de la Lic. en Accidentología Vial de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER), Entre Ríos, Argentina.

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Carlos F. Sosa

Lic. Criminalística

Balística-Papiloscopía-Documentología

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