03 septiembre, 2008

Editorial: sobre el abuso y la pederastia como delitos aberrantes

Les dejo aquí, junto con un nuevo comentario editorial acerca de un tema de plena vigencia en la Argentina y en el mundo, un par de notas nuevas, otras reformadas y unas actualizadas.

. Visita la Biografía de Juan Vucetich, un verdadero talento Argentino que creó por primera vez en el mundo, un sistema práctico para la identificación por huellas digitales.

. En la sección “ Preguntas Frecuentes” encuentra las diferencias entre Criminalística, Criminología y Medicina Legal

. Una breve nota técnica sobre el Cotejo pericial de tierras y su aplicación en la investigación criminalística.

. CRÓNICAS ROJAS / 10 CRÍMENES ARGENTINOS, Castruccio: un Borgia en el Plata. Era un inmigrante italiano llegado a Buenos Aires a fines del 1800. Desesperado por la miseria, planeó un asesinato macabro. ¿El arma? La estricnina, un veneno letal. Su historia abre la serie en la que el escritor Álvaro Abós reconstruyó algunos de los crímenes que conmovieron al país.

. Y no dejes de ver algunos de los Eventos 2008 que podrás visitar durante el segundo semestre del año

Opinión: Sobre el abuso sexual y la Internet

El video comenzaba con una imagen que recordaba un hotel barato, ubicado en cualquier ruta. Sobre la cama, una niña que no tendría más de trece años sufría los vejámenes monstruosos de un abusador. El mensaje era claro; el mail que lo remitía tampoco dejaba lugar a dudas: “La policía necesita tu ayuda. Estamos buscando datos sobre la niña que aparece en el video, sobre los delincuentes o sobre el lugar donde ocurre.” Lo firmaba un “comisario” que dejaba un número de identificación, un teléfono y el link hacia una pagina de un periódico digital que hablaba sobre el abuso sexual de menores.

Similar situación viví al recibir un mail titulado “VIDEO DE ABUSO INFANTIL, PEDOFILIA EN VENEZUELA, PASALO...HAY Q MATAR A ESE TIPO DE GENTE. DESGRACIADOS!”, seguido de un mensaje que daba a entender que se trataba de una campaña de concientización. Pero, ¿era eso realmente? ¿O tal vez era una forma de distribución de material pornográfico infantil?

Independientemente de esto, la difusión de éste tipo de material está penado por la ley y, en la mayoría de los casos, tiene un seguimiento constante por parte de los órganos de justicia y seguridad locales e internacionales. Por eso, por tu bien y por el de los pequeños víctimas de estos aberrantes delitos, ¡no reenvíes! Lo mejor que podés hacer es denunciarlo a las organizaciones encargadas de “limpiar” Internet de páginas web con material pedofílico y eliminarlo de tu computadora. El hecho fue consumado y lo único que lográs reenviando el mail es que las caritas de las victimas sigan circulando por Internet.


Delitos contra la integridad sexual (Argentina)

La violencia sexual es una conducta jurídicamente reprochable cuyas víctimas pueden ser cualquier persona, sin distinción de sexo, edad o condición social. De acuerdo al Código Penal Argentino, y las modificatorias hechas por la ley 25.087/99, los delitos contra la integridad sexual se hallan tipificados como:

- Abuso sexual y sus variantes (art. 119 y 120 del CP)

- Corrupción y prostitución (art.125, 126 y 127 del CP)

- Pornografía (art. 128 del CP)

- Exhibiciones obscenas (art.129 del CP)

- Rapto (art. 130 del CP)

El abuso sexual es definido como cualquier actividad de índole sexual, entre dos o más personas, sin consentimiento de una. La pedofilia o paidofilia (término acuñado en 1896 por el psiquiatra vienés Richard von Krafft-Ebing) es la presencia de fantasías o conductas que implican actividad sexual entre un adulto y un niño.

Las conductas abusivas incluyen un contacto físico (genital, anal o bucal), o suponen una utilización del menor como objeto de estimulación sexual del agresor (exhibicionismo o voyeurismo), o incluso de terceras personas, como cuando se utiliza a un niño para la producción de pornografía.

El término “pedofilia” se ha visto confundido con el término “pederastia”. A pesar de que etimológicamente significan lo mismo, la pedofilia no se refiere al abuso sexual, sino a la mera tendencia sexual o atracción por una persona adulta hacia un menor. La pederastia, en cambio, es definida por la RAE como el abuso sexual consumado entre un adulto y un niño y puede darse de diferentes formas:

- En relación a la orientación, puede ser de tipo heterosexual, homosexual o mixto

- En relación a objeto, éste puede ser exclusivamente pedofílico o no.

"La pornografía infantil es la reproducción sexualmente explícita de la imagen de un niño o niña. Se trata, en sí misma de una forma de explotación sexual de los niños. Estimular, engañar o forzar a los niños a posar en fotografías o participar en videos pornográficos es ultrajante y supone un menosprecio de la dignidad y autoestima de los niños. Esto significa que el cuerpo de un niño o niña carece de valor y les demuestra que su cuerpo está a la venta". Esto lo dice el portal Stop! Pedofilia.

Sobre el diagnóstico médico-legal y psiquiátrico

Ni bien ocurre un hecho de éstas características, o se sospecha su existencia, se debe concurrir a la autoridad policial o judicial para realizar la denuncia. Recibida ésta, tanto el médico (de policía o forense) como el psiquiatra deben diagnosticar la existencia o no del delito.

La revisión medico-legal incluye un examen general (buscando cualquier tipo de lesión externa sobre la superficie corporal) y ginecológico o de la región anal, según el caso. En éste segundo examen, se buscarán tanto lesiones como indicios (pelos, objetos extraños, restos de semen, etc.)

El examen psiquiátrico involucra la realización de tests y entrevistas para evaluar el grado de credibilidad y fabulación del menor, hecho éste que es criticado por los Organismos de Derechos Humanos porque “victimiza” aún más al niño.

Consecuencias en la víctima

Los efectos del abuso sexual se han intentado explicar desde el modelo del trastorno de estrés postraumático (Wolfe, Sas y Wekede, 1994). En realidad, el abuso sexual en la infancia cumple los requisitos de “trauma” exigidos por el DSM-IV para el diagnóstico de este cuadro clínico y genera, al menos en una mayoría de las víctimas, los síntomas característicos de dicho trastorno: pensamientos intrusivos, evitación de estímulos relacionados con la agresión, trastornos del sueño, irritabilidad y dificultades en la concentración. Incluye, además: miedo, ansiedad, depresión y sentimientos de culpa. A diferencia de los adultos, en la infancia este cuadro clínico puede adoptar la forma de un comportamiento desestructurado o agitado y presentarse con síntomas físicos (dolores de estómago, jaquecas, etc.)

Sin embargo, para otros autores (Finkelhor, 1988; Boney-McCoy y Finkelhor, 1996; Vázquez Mezquita y Calle, 1997), este modelo presenta algunas limitaciones en el ámbito del abuso sexual infantil. Por ello, Finkelhor (1988) propone, a modo de alternativa, el modelo traumatogénico, que es más específico y según el cual las razones explicativas del impacto psicológico son las siguientes: sexualización traumática, pérdida de confianza, indefensión y estigmatización.

De acuerdo a la psicóloga Martha Escamilla Rocha, “el incesto, abuso sexual, violaciones, acosos sexuales, suelen ser una de las causas olvidadas u ocultas, que llevan a algunas personas a buscar ayuda psicológica u otro tipo de tratamiento. Muchas personas, que han sufrido abuso sexual, no ven la posible relación entre los síntomas o estrés postraumático que presentan, y el abuso sexual que vivieron cuando niños(as). La mayoría ni siquiera recuerdan que les ocurrió y otras lo recuerdan de manera muy vaga.”

Estadísticas y cifras

Según el informe de Finkelhor, Hotaling, Lewis y Smith (1990) -primera encuesta nacional de Estados Unidos, llevada a cabo en adultos, sobre la historia de abuso sexual-, un 27% de las mujeres y un 16% de los hombres reconocían, retrospectivamente, haber sido víctimas de agresiones sexuales en la infancia.

En la Argentina, no existen cifras confiables sobre delitos sexuales. Sin embargo, en el Congreso de Psiquiatría y Salud Mental realizado en Mar del Plata en 2004 se daba cuenta que, por cada caso denunciado, existen otros 10 de los que no se tiene conocimiento.

Las víctimas de abuso sexual suelen ser más frecuentemente mujeres que hombres y se sitúan en una franja de edad entre los 6 y 12 años. Hay un mayor número de niñas en el abuso intrafamiliar (incesto), con una edad de inicio anterior (7-8 años), y un mayor número de niños en el extrafamiliar (pedofilia), con una edad de inicio posterior (11-12 años).

La mayoría de las investigaciones coinciden en que el agresor suele ser un conocido de la víctima. Si bien no más del 20 % de los casos denunciados de incesto hacen referencia a los contactos padre-hija, éstos son los más traumáticos por lo que suponen de disolución de los vínculos familiares más básicos

El incesto entre padrastro e hija da cuenta del 15 %-20 % de los casos. El 65 % restante implica a hermanos, tíos, hermanastros, abuelos y novios que viven en el mismo hogar. Por otro lado, el incesto madre-hijo es mucho menos frecuente y se limita a aquellos casos en que la madre carece de una relación de pareja, presenta una adicción al alcohol o a las drogas y cuenta con un historial de abusos sexuales en la infancia. No obstante, se ha encontrado un número nada despreciable de mujeres agresoras (13,9 %)

Los abusos sexuales se cometen en todas las clases sociales, ambientes culturales o razas. Los estudios epidemiológicos no han encontrado diferencias en las tasas de prevalencia en función de la clase social, del nivel cultural o de la etnia a la que pertenecen las familias de la víctima. No obstante, sí se ha denunciado un mayor número de casos de abuso sexual en familias con un estatus socioeconómico bajo, pero esto puede explicarse por el mayor contacto que tienen estas familias con los Servicios Sociales y la tendencia de las familias de mayor nivel económico a ocultar éstos hecho por motivos sociales.

Por último, en cuanto al lugar en que se comete la agresión, depende del tipo de abuso: en el intrafamiliar, lo más habitual es en el hogar de la víctima o del abusador; en el extrafamiliar, en la calle, en un parque o en la casa del agresor.

Eventos 2008 - Segundo Semestre

AGOSTO

- 13 al 15: Seguriexpo - Bisec 2008: Feria Internacional Indexport, Buenos Aires, Argentina

- 14 al 16: VII CONGRESO LATINOAMERICANO Y IV CONGRESO DE PSICOLOGIA JURIDICA Y FORENSE DEL CARIBE. Barranquilla, Colombia.

- 15: SEGURIDAD EN LA ESCENA DE UN ACCIDENTE, Jornada Extricación, Departamento Central, Paraguay

- 28 al 30: X CONGRESO NACIONAL DE CRIMINALÍSTICA Y CIENCIAS FORENSES. VI CONGRESO INTERNACIONAL DE CRIMINALÍSTICA Y CIENCIAS FORENSES. VIII CONGRESO IBEROAMERICANO DE CRIMINALÍSTICA Y CIENCIAS FORENSES. Córdoba, Argentina.


SEPTIEMBRE

- 13-14, 20-21 y 27-28: II ENCUENTRO NACIONAL DE CRIMINOLOGÍA & CIENCIAS FORENSES. Lima, Perú

- 16 y 17: 1º Curso Taller Metodologías de la Investigación Criminal. "Balística Forense y Criminalística de Campo

- 23 al 26: XX CONGRESO LATINOAMERICANO, XII CONGRESO IBEROAMERICANO V CONGRESO NACIONAL DE ESTUDIANTES DERECHO PENAL Y CRIMINOLOGIA. San Marcos, Perú.

OCTUBRE

- 16 y 17: ATLAS. Exposición de seguridad. Rosario, Argentina.

- 23: 1º Congreso Internacional de Criminología. Panamá, República de Panamá.
- 29, 30, 31 de octubre y 1 de noviembre: XIV Congreso Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Boyacá, Colombia.

NOVIEMBRE
- 13, 14 y 15: 1º CONGRESO INTERNACIONAL DE CRIMINALÍSTICA VERACRUZ 2008, EXPO FORENSE Y SEGURIDAD. Veracruz. México.

PF:¿Cuál es la diferencia entre Criminalística, Criminología y Medicina Forense?

Otro gran problema que se plantea al encarar una investigación sobre la Criminalística es la propensión de muchos autores a confundir algunas ciencias forenses, ya sea por una semejanza fonética ó bien solamente por desconocer las diferencias y límites de cada una. Ejemplos de esto son la Criminología y la Medicina Legal, ciencias autónomas aunque interrelacionadas para algunos, mientras que otros niegan tal independencia.

Según la concepción que impulsa este blog, tanto la Criminalística, la Criminología como la Medicina Legal son ciencias autónomas que coadyuvan a los órganos encargados de impartir justicia y a la sociedad, cada una desde un punto de vista diferente.

Mientras que, como dice Del Picchia (h) (1993), la Criminalística se ocupa de los indicios de naturaleza no biológica, la medicina se encarga del examen sobre la persona y de la evidencia de origen biológico. Es, de acuerdo a Gisbert Calabuig (2005) "el conjunto de conocimientos médicos y biológicos necesarios para la resolución de los problemas que plantea el derecho, tanto en la aplicación práctica de las leyes como en su perfeccionamiento y evolución"

La palabra criminología deriva de latín “criminis” y del griego “logos”, que significa “el tratado o estudio del criminal”, aunque si atendemos únicamente a su acepción terminológica distara mucho de darnos una visión clara de lo que puede ofrecer esta ciencia, por esta razón y para dar una visión global de lo que es debe ser entendida como una ciencia de corte socio-psicológico que, en palabras de García Pablos de Molina (1996), se ocupa del delito, del sujeto que delinque, de la victima y del control social del comportamiento delictivo, con el fin de suministrar una información válida sobre el origen y evolución del fenómeno criminal y sobre las técnicas de intervención en el delincuente en procura de su rehabilitación, así como también informar sobre programas eficaces de prevención. Dicho con otras palabras, mientras que la Criminalística indaga sobre el qué, cómo, dónde y quién de un hecho, la Criminología indaga las causas (el por qué) y propone el tratamiento para resocializar al delincuente.

Por lo tanto, es una ciencia que se vale del estudio directo y de diferentes disciplinas como son: la psicología, pedagogía, medicina, ciencia policial, derecho, sociología, estadística, etc., para obtener una información contrastada sobre todo lo referente al infractor, la victima, el hecho criminal en sí y el marco social y ecológico que lo envuelve.

Como se mencionó, el objeto de estudio de la criminología es: el infractor, la victima, el hecho criminal en sí y el marco social y ecológico que lo envuelve. Esto hay que entenderlo tanto en un marco individual como en un marco colectivo; es decir, en el estudio de un hecho concreto (por ejemplo, un robo) y en el fenómeno criminológico que puede implicar (por ejemplo el alto índice de robos en una zona determinada).

La Criminalística, entonces, es ciencia aplicada a la investigación de delitos y hechos controvertidos buscando descubrir la verdad histórica y, de ser posible, colaborar con la identificación de sus autores. Para ello adapta y utiliza los métodos, técnicas y medios tecnológicos de uso en otras ciencias, disciplinas y artes a la función pericial específica, generalmente encaminada a la realización de un informe escrito u oral. Es por este motivo que se la define como ciencia multidisciplinaria que sintetiza para sus objetivos investigativos los conocimientos de la Química, Física, Matemática y de otras tales como la Balística Forense, la Papiloscopía, la Accidentología Vial y la Documentología.

CASTRUCCIO: UN BORGIA EN EL PLATA

Por Álvaro Abós

Una mañana de agosto de 1889, un hombre llamado Luis Castruccio se presentó en las oficinas de la Compañía de Seguros La Previsora del Hogar con la intención de cobrar una póliza. Comenzaba así un caso célebre en los anales del crimen argentino: durante muchos años, la personalidad singular del asesino Castruccio alimentó polémicas y dio origen a un debate criminológico sobre la ambigua frontera entre la locura y el crimen y sobre el más tortuoso de los delitos: el envenenamiento.

Luigi Castruccio era oriundo de Rapallo, cerca de Génova, y había llegado a Buenos Aires a sus veinte años, en 1878, mezclado con miles de inmigrantes que anhelaban "hacer la América". Era pobre de solemnidad y carecía de familia. Todo fue duro para el muchacho ligur, quien deambuló por oficios diversos: fue albañil, peón de frigorífico, sereno, corredor de comercio.

Castruccio era un hombre de pequeña talla pero de recia musculatura, muy rubio y de piel fina, con ojos claros y protuberantes. Lo distinguían su verbosidad y el énfasis con que gesticulaba. Aunque su castellano era muy malo, eso no le impedía hablar hasta por los codos. Durante algunos meses, Castruccio se trasladó a La Plata, la ciudad que en unos pocos meses surgió de nada bajo la dirección del gobernador Dardo Rocha.

La Plata, 1882: un El Dorado donde abundaba el trabajo; se construían a ritmo de vértigo las diagonales, las avenidas, los edificios públicos. Castruccio volvió a Buenos Aires con algunos ahorros y alquiló una casa en la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre), pero pronto volvió a padecer problemas económicos. Nunca pudo abrirse camino. Los delirios de grandeza del italiano chocaban con su pobre formación.

Ciclotímico, los fracasos lo sumían en depresión y entonces incubaba ideas suicidas. En 1888 tuvo una crisis. Durante un descuido de su médico, el doctor Tomás Mackern, le robó una receta y con ella adquirió un frasco de estricnina. Estaba dispuesto a suicidarse. Llegó a redactar su testamento. Cuando Castruccio se convirtió en un asesino célebre, este documento de su puño y letra fue analizado con detalle, ya que desnudaba rasgos de su personalidad. Al escribir, mezclaba lecturas y opiniones. En el testamento, tras abundar en apocalípticas citas de Flammarion y Víctor Hugo, Castruccio describía el infierno, que no era, según él, el que prometía el Papa, ese "farsante del Vaticano", sino "el fuego central que hará más mal a los vivos que a los muertos". Castruccio legaba su fortuna –que por cierto no existía– al Hospital Italiano de Buenos Aires, que entonces se alzaba en la esquina de Caseros y Bolívar. Pero había agregado una condición: que los fondos no se destinaran a ninguna sala para mujeres. El testador era un misógino que consideraba a la mujer un "animal maligno", culpable de sus tribulaciones.

En algún momento, el futuro asesino desistió del suicidio. "En lugar de vengarme de la sociedad suprimiéndome, decidí hacerlo matando a otro", le diría a uno de los psiquiatras que estudiaron su caso.

Castruccio, cuya omnipotencia rayaba en la megalonamía, decidió solucionar sus problemas económicos mediante un crimen. Estaba seguro de que podría engañar al mundo y salir indemne.

Publicó un anuncio en la prensa pidiendo un sirviente. Así, reclutó a alguien que reunía todas las condiciones requeridas para su plan criminal. El criado era un mocetón francés llamado Alberto Bouchot Constantin, recién llegado a Buenos Aires y que no conocía a nadie en la ciudad. Esto era algo frecuente en aquella Buenos Aires en plena expansión, donde más de la mitad de sus 437.875 habitantes, incluidos los vecinos de Belgrano y Flores, pueblos recién incorporados a la urbe, eran extranjeros. Provenientes de todos los confines del mundo, hombres anónimos, algunos perseguidos, otros fracasados de mil orígenes, desembarcaban para rehacer su vida en estas orillas. La víctima del crimen perfecto que quería cometer Castruccio sería, como él mismo, un inmigrante.

Castruccio ganó la voluntad del criado dándole un trato cordial e íntimo. Lo hizo comer en su mesa y le instaló una cama en su propio dormitorio. Cuando la relación entre amo y sirviente se consolidó, no le fue difícil a Castruccio convencer al francés de que contratara una póliza de seguro. En la solicitud, Bouchot se presentó como cuñado de Castruccio.

Su plan inicial era matar a Bouchot asfixiándolo con cloroformo. Cada noche, Castruccio embebía un trapo en cloroformo y lo aplicaba suavemente en la cara del hombre que dormía. Pero no conseguía que su víctima "se durmiera" para siempre. Bouchot se agitaba. En una oportunidad, abrió los ojos de pronto y, a su lado, vio a su patrono, inclinado sobre él. El francés pasaba el día somnoliento. Los vecinos del barrio de Montserrat le preguntaban sobre su estado, y Bouchot, confusamente, explicaba que no podía dormir.

El veneno

Entonces Castruccio decidió envenenar a Bouchot. El uso del veneno como arma homicida se asocia a la astucia y la paciencia. La historia recuerda a Agripina, que envenenó a su esposo, el emperador Claudio, para beneficiar a su hijo Nerón, quien de todas maneras también la hizo envenenar; a Locusta, a Catalina de Medici y sobre todo a los Borgia, una familia que recurría a la cantarella (veneno) para eliminar a todo tipo de enemigos: así, Rodrigo Borgia llegó a ser papa con el nombre de Alejandro VI. Su hijo César –admirado por Maquiavelo– y su hija Lucrecia fueron otros miembros de lo que el historiador policial argentino Andrés I. Flores llama la "secta de los envenadores" y caracteriza como el terror de los policías, pues el veneno no deja huella.

Castruccio se decidió por la estricnina, la nuez vómica originaria de la India, una sustancia que, por ser insípida, puede incluso ser diluida en agua. Se la administró a Bouchot en las comidas, de manera gradual. Durante varios días, Castruccio vertió pequeñas dosis del veneno en la comida del francés.

Atacado por el cloroformo y por la estricnina, el criado desfallecía. Durante el proceso, Castruccio admitió que había planeado fríamente asesinar a su mucamo, pero intentó atenuar su conducta.

–¿Por qué le daba cloroformo? –le preguntaba el fiscal a Castruccio.

–Porque quería ahorrarle sufrimientos. Quise que muriera durmiendo. Para que no sufriera.

Esta tesis fue destruida por el fiscal, quien demostró que el asesino había sometido a su víctima a un auténtico martirio. La agonía de Bouchot, atacado por fuertes espasmos de estómago, resultó atroz.

Castruccio, astuto en la simulación, fingía preocuparse por la salud de su sirviente. Lo llevó a la guardia de un hospital. Cuando los dolores se hicieron intolerables, Castruccio llamó a un médico, quien concurrió a atender a Bouchot a domicilio. Le diagnosticó una gastritis. Todos los medicamentos que le eran prescriptos, Castruccio los compraba religiosamente. ¿Se los administraba a la víctima? Nunca se aclaró.

Cuando Alberto Bouchot Castel murió, un médico firmó la certificación de la muerte con el diagnóstico de "congestión cerebral". Su patrono se hizo cargo de las exequias y acompañó, compungido, el pequeño cortejo, integrado por unos pocos vecinos, que llevó el féretro al cementerio de la Chacarita.

Castruccio esperó unos días. Seguro de que había cometido el crimen perfecto y nadie sospecharía de él, se dirigió confiado a la compañía de seguros y llenó todos los papeles para cobrar la póliza.

El Buenos Aires en el que se estaba desarrollando esta comedia sórdida era una ciudad en pleno cambio. Por iniciativa del intendente, Torcuato de Alvear, la Avenida de Mayo estaba en construcción. Grandes edificios, hospitales, galerías, palacios, levantaban sus muros de un día para otro. La Argentina había culminado el ciclo de las guerras civiles. Buenos Aires vivía cambios vertiginosos. De la gran aldea se convertía en urbe cosmopolita. Los porteños tenían con qué entretenerse: había veinte teatros y todavía era popular el circo, donde reinaban los Podestá, que año tras año reestrenaban el Juan Moreira. La estrella del momento era un payaso inglés, Frank Brown, que se había asentado en el país y competía con la otra atracción del momento: el asombroso mago Mister Mertelak, "el rey del fuego". Se publicaban en Buenos Aires 24 diarios, que pronto iban a escribir con profusión sobre el caso Castruccio.

El inspector de la Previsora del Hogar encargado de dictaminar sobre la póliza no encontró nada raro en los documentos, pero discretamente indagó en los detalles de la muerte de Bouchot. Pronto sus averiguaciones dieron fruto: el muerto, según aseveraban los vecinos, no era pariente de Castruccio –como éste había declarado al tramitar la póliza–, sino su sirviente. Por otra parte, su muerte había sido súbita, aunque precedida por acontecimientos extraños. De la noche a la mañana, el francés había sido doblegado por terribles dolores y su vida se había apagado inexplicablemente.

Contradicciones

El pago de la póliza se demoró. Castruccio concurría impaciente a la sede de la compañía. Pero ésta había dado aviso a la policía. El jefe de Investigaciones era el comisario Wright, quien allanó la casa de Castruccio. Los interrogatorios resultaron fatales para el italiano, a quien su verbosidad hizo incurrir en contradicciones. El juez de instrucción ordenó la exhumación del cadáver. El detenido fue obligado a presenciar la exhumación, trance que soportó con frialdad. Una crónica periodística describe así la escena: "Castruccio pronunció frases de condolencia para la víctima y llegó a estrecharle la mano, para inspirar a los presentes la convicción de su inocencia".

La autopsia reveló que Bouchot había muerto envenenado. Por otra parte, el homicida había dejado diversas huellas de su delito. En la mesa de luz del asesino se encontró una libreta en la que Castruccio había llevado un diario del crimen con anotaciones en clave. Uno de los apuntes decía: "C. la E. el 4".

En otra enigmática anotación, se leía: "E. el ABC el 18". No tardó la policía en descifrar esas frases: "Comprada la estricnina el 4 de abril", "Envenenado el Augusto Bouchot Constantin el 18 de abril".

Castruccio confesó. Ensayó, sin embargo, algunas líneas de defensa. Adujo, por ejemplo, que no debía ser castigado porque su víctima era un extranjero.

–¿Usted comprende lo que ha hecho? –le preguntó el fiscal.

–Sí.

–¿Sabe lo que es un homicidio?

–Sí, pero yo no he hecho nada malo. Nunca maté a un argentino.

También alegaba que su víctima no había sufrido.

–Mi crimen, señor juez, fue suave, meditado, científico.

El juez Carlos Miguel Pérez dictó sentencia con prontitud. Conforme al Código Penal vigente desde 1885, Luis Castruccio fue declarado culpable de homicidio simple, agravado por premeditación. Se lo condenó a la pena capital. La ejecución, por fusilamiento, debía llevarse a cabo al alba en la Penitenciaría Nacional, el inmenso penal de muros amarillos que desde 1877 albergaba a dos mil presos en los predios que hoy ocupa la plaza Las Heras, en la intersección de esa avenida con Salguero y con Coronel Díaz.

El crimen de Castruccio había horrorizado a la sociedad. La mayoría de la población recibió con satisfacción la condena. Sin embargo, la pena de muerte ya era entonces cuestionada. Cada ejecución levantaba un mar de protestas. Entidades caritativas y las muy activas damas de la Sociedad de Beneficencia consideraban la pena de muerte un crimen legal. Por otra parte, algunos se aferraban a los argumentos del abogado defensor de Castruccio, que había alegado la enfermedad mental del acusado. ¿Era el homicida un loco? En ese caso, ¿podía ser considerado responsable de sus actos? El Estado, afirmaban los defensores del indulto, no podía sacrificar a un enfermo. Castruccio debía ser recluido para su curación en un hospital de alienados. Pero, por entonces, tal cosa no existía. Los locos permanecían recluidos junto a los criminales en las cárceles comunes.

Llegó el día de la ejecución. Era el 22 de enero de 1890. Sólo un hombre podía salvar al reo, mediante el indulto: el presidente de la República. ¿Lo haría? Ocupaba el sillón de Rivadavia el doctor Miguel Juárez Celman, político cordobés que había llegado al poder con el beneplácito del hombre fuerte del país, el general Julio Argentino Roca, que había sido presidente. Juárez Celman era su cuñado.

Los cabildeos se sucedían. Junto a Juárez Celman, de 46 años, quien había interrumpido las vacaciones en su estancia de Córdoba para estudiar el caso, actuaba un consejero áulico de gran influencia sobre el mandatario: Ramón Cárcano, que sería luego gobernador de Córdoba.

El día señalado

Así transcurrieron las horas de aquel 21 de enero de 1890, una jornada bochornosa. Asomaron las primeras luces del 22 sobre el patio de la Penitenciaría que daba a la esquina de Las Heras y Salguero, donde se realizaban las ejecuciones. Formó el piquete, integrado por soldados del Regimiento I de Infantería. Un sacerdote acudió a la celda del condenado. Este lloraba, reía, gritaba. Su monólogo era incoherente. A las cinco de la mañana, se abrieron las puertas de la celda y comenzó el cortejo hacia el patio de la muerte. El penal estaba lleno de gente: periodistas, funcionarios judiciales, invitados especiales. El cura musitaba el Oficio de Difuntos. A Castruccio, engrillado, dos guardias lo llevaban a la rastra.

–Ni siquiera me dejaron ponerme una camisa limpia –le oyeron quejarse.

Así recorrieron los últimos metros. A su alrededor, resonaba un coro estruendoso: los presos golpeaban sus cacharros contra las rejas. Las ventanas de las celdas que daban al patio estaban colmadas de rostros lívidos en la madrugada estival. Castruccio gritaba:

–¡Esto es una tortura inhumana! ¡Quiero que me maten rápido, con electricidad!

En la calle, sobre la avenida Las Heras, una multitud de madrugadores aguardaba en la vereda. Querían escuchar la descarga del piquete de ejecución. Cuando entró un carro por el portón principal, se levantó un murmullo de comentarios: ahí va el ataúd de pino en el que se llevarán el cuerpo, dijeron algunos. Al reo le vendaron los ojos. Comenzaron a atarlo a una silla, frente al pelotón.

Sobre los adoquines de la avenida Las Heras se escuchó el galope de los caballos. Un coche se detuvo a la entrada de la cárcel. Bajó un funcionario a la carrera. Venía de la Casa de Gobierno. El presidente había firmado el indulto. ¿Por qué había demorado esa decisión hasta el último momento? La única explicación es que el presidente dudó mucho sobre la medida. Juárez Celman atravesaba un mal momento político. Una gravísima crisis financiera, descripta por Julián Martel en su novela La bolsa –que publicaba La Nacion en folletín–, asolaba al país. Juárez Celman y sus ministros soportaban denuncias de corrupción. Un nuevo movimiento político, la Unión Cívica, fundada por Leandro N. Alem, un audaz dirigente de largas barbas y verbo inflamado, lanzaba furibundas críticas contra el régimen. En realidad, los días de Juárez Celman estaban contados. Menos de seis meses después, en julio de aquel 1890, sería derrocado por un movimiento cívico-militar y reemplazado por el vicepresidente, Carlos Pellegrini.

"Clemencia"

¿Por qué Juárez Celman indultó a Castruccio? Por supuesto, en aquellos tiempos no existían las encuestas. El ánimo de los porteños ante el crimen de Castruccio sólo puede intuirse registrando algunos testimonios y la prensa de la época. Pero no es exagerado concluir que el presidente, quizás intuyendo su próxima caída, no quiso despedirse manchándose con la sangre de un reo. Por otra parte, un hecho diplomático vino en auxilio del condenado.

El texto del decreto presidencial da una pista. Allí se afirma que, para el día siguiente, se aguardaba la visita de Deodoro da Fonseca, recién elegido presidente de la flamante República de los Estados Unidos del Brasil. Juárez Celman quería brindar una gran recepción al mandatario amigo, el primero tras la abolición del Imperio. "Antes de hacer preceder esas celebraciones –argumentaba el decreto de indulto– por una ejecución sangrienta, aunque justa, es preferible que sean anticipadas por un acto de clemencia", decía Juárez Celman. El ministro de Justicia, Filemón Posse, que redactó el decreto y también lo firmó, habría discutido acaloradamente durante toda la noche del 21 al 22 de enero con Juárez Celman, sosteniendo que la gracia para el monstruoso asesino terminaría de hundir el prestigio de un gobierno ya acosado por la opinión pública.

La historia del envenenador no termina allí. Conmutada la ejecución por reclusión perpetua, Castruccio se dispuso a pasar la vida en la cárcel. Pero la discusión sobre su caso siguió en ámbitos forenses. En 1907, un joven y brillante jurista, psiquiatra, escritor, editor y político llamado José Ingenieros, doctorado en medicina con una tesis consagratoria titulada La simulación de la locura, premiada con Medalla de Oro –y que por cierto dedicó al portero de la Facultad de Medicina–, recibió el encargo de fundar el Instituto de Criminología. Funcionaba en la misma Penitenciaría. Ingenieros estudió a fondo el caso Castruccio, que consideraba un enigma. Por entonces, este asesino llevaba casi veinte años preso, e Ingenieros confesaba que la memoria del personaje era para él un mito. Se preguntaba: "Castruccio, que salvó su vida por loco, ¿fue un simulador?" Pero el caso Castruccio no era para Ingenieros y otros pioneros de la criminología un mero tema de estudio. Admitir que un enfermo mental fuera inimputable penalmente costó muchas batallas a la incipiente psiquiatría argentina.

Ingenieros, el alienista (así se llamaba entonces a los psiquiatras), ataviado con una bata blanca que le llegaba a los tobillos, mantuvo muchas entrevistas con Castruccio, tanto en su gabinete del Instituto como en la celda del asesino. Sobre la personalidad de éste, Ingenieros escribió un exhaustivo estudio. No fue el único fascinado por el caso Castruccio. Luis María Drago le dedicó un capítulo de su libro Hombres de presa. Por entonces estaban en auge las teorías del psiquiatra italiano Cesare Lombroso, para quien la constitución física de los delincuentes influía en sus comportamientos criminales. Para los lombrosianos, Castruccio era considerado un criminal nato: las protuberancias de su frente, que él atribuía a una caída infantil, revelaban, según las doctrinas del psiquiatra italiano, su predisposición al delito. Lombroso definía a estos hombres como "mattoides". Para Ingenieros, Castruccio era un "amoral mental congénito, un degenerado probablemente hereditario". Sin embargo, siguió tratándolo, en lucha contra la locura del homicida, para salvarlo como hombre.

Un pacífico lector

Castruccio fue un preso pacífico. Durante su larga residencia en prisión leyó desordenadamente. Era un auténtico grafómano, y desde su celda enviaba a los jueces todo tipo de recursos, instancias, apelaciones y pedidos de gracia que él mismo redactaba. En ellos solicitaba la anulación del proceso, clemencia o reducción de la pena. También inventó un aparato para reproducir la voz humana, una especie de grabador avant-la-lettre, cuyos planos conservó Ingenieros en sus archivos.

Se convirtió en uno de los presos más célebres de la Penitenciaría, sólo superado en popularidad por el horroroso asesino Pagano, quien a su vez había creado un teatro de la crueldad con ratas amaestradas que representaban un cónclave de obispos. Pagano era la "vedette" de la Penitenciaría, lugar visitado por el público local y extranjero, ya que en su momento fue una de las cárceles más renombradas del mundo. Los curiosos querían ver a Pagano. Pero luego le seguía Castruccio en popularidad. En un brote agresivo, Pagano atacó a sus guardias matando a varios, hasta que fue ultimado.

En 1908 fue fundado el Hospicio de las Mercedes, el primer manicomio judicial. Castruccio fue trasladado al hospicio y allí terminó sus días. Con finalidades terapéuticas, los médicos publicaban un boletín donde los internos escribían poemas y cuentos. Uno de ellos era de Luis Castruccio, el envenenador que se creía genio. Se titulaba "La misericordia del veneno".

La mejor forma de encubrir un crimen es con una investigación deficiente...

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Mi nombre es Carlos Sosa, Licenciado en Criminalística, estudiante de la Lic. en Accidentología Vial de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER), Entre Ríos, Argentina.

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Carlos F. Sosa

Lic. Criminalística

Balística-Papiloscopía-Documentología

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