14 mayo, 2009

El Clan Puccio. Una Familia de Muerte.

La empresaria Nélida Bollini (58) había sido secuestrada en horas de la tarde del 23 de julio de 1985. Por el rescate de la dueña de una concesionaria ubicada en el partido de Lavollol, se pedía un millón de pesos.

Nelida Bollini de Prado, tras su liberación

La noche de lunes concertada para la entrega, tras 32 días de cautiverio, una unidad de la División Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal Argentina a cargo del Crio. Mario Fernández detuvo, en cercanías de la cancha del Club Atlético Huracán, a tres sujetos: Arquímedes Puccio, su hijo Daniel (conocido como “Maguila”) y Guillermo Fernández Laborda. Comenzaba así la caída del Siniestro Clan Puccio.

Arquímedes Puccio al momento de su detención

Daniel "Maguila" Puccio siendo llevado a la comisaría

Su propio Waterloo

En la campera de cuero que llevaba puesta Maguila se encontró un papel arrugado con los números de teléfono de Oscar y Alberto Prado, hijos de la empresaria otrora dueña de una funeraria sospechada de tener conexiones con la dictadura y la desaparición de personas.

Mire Puccio, no perdamos el tiempo, dígame donde tiene secuestrada a la mujer –requirió el policía vestido de civil.

Está en el sótano de mi casa –respondió el tipo de perfil siciliano, calvo y de baja estatura – Pero ojo, ¡no soy ningún boludo! El lugar está dinamitado: si intentan entrar, vuela toda la casa.

Fernández no le creyó. Resultó una mentira de Puccio para tratar de ganar tiempo.

Minutos después de las diez de la noche, un convoy de 21 automóviles y patrulleros estacionó frente al portón de la casa ubicada en la esquina de Martín y Omar y 25 de Mayo del partido de San Isidro. El grupo de 22 policías que ingresó a la vivienda, encontró a Alejandro Puccio, wing tres cuartos del equipo de rugby del CASI (Club Atlético San Isidro) y ex-wing de la selección nacional, sentado en el sillón del living junto a su novia, Mónica Survick (21).

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Alex Puccio, wing de los Pumas en el equipo de O'Reilly del '82

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Alejandro Puccio tras su detención

Tras reducir a Alex, diez uniformados fuertemente armados atravesaron el patio colonial de la casona y bajaron al sótano, construido en forma de “L” y que había sido ambientado como una cava de vinos. Tras un mueble de dos puertas, montado sobre ruedas, se encontraron con una burda puerta que conducía a otra habitación, más pequeña y oscura, recubierta con papel periódico. Un tacho metálico de pintura, vacío y con una tapa sobre uno de sus lados, hacía las veces de improvisado excusado. Una mesita, con un paquete de galletitas y una botella de agua mineral, y un sucio camastro completaban el mobiliario. Atada de pies y manos, con una venda sobre los ojos y tirada sobre el catre, la Sra. Bollini.

No se preocupe Señora, somos de la policía.

¡Ay! Gracias Dios por escucharme –gritó la mujer mientras rompía en llanto.

Una familia no muy normal

Arquímedes Puccio había nacido en San Telmo, en 1930. Su padre, Juan Puccio, había sido jefe de prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la Nación. Fue por esas conexiones que le consiguió a su hijo de 19 años un puesto en la Chancillería. En 1950, Arquímedes fue enviado a la embajada argentina en Madrid como correo de base donde registró su primer altercado con la justicia: intentó contrabandear, vía valija diplomática, más de 200 pistolas semiautomáticas Beretta, calibre .22, provenientes de Italia, delito por el cual salió absuelto.

Militante de primera hora del partido justicialista y de varias organizaciones ultranacionalistas (entre las que se encontraba el grupo denominado “Tacuara”) Puccio se recibió de contador público y se casó con Epifanía Ángeles Calvo, con quien tuvo cinco hijos: Alejandro, Silvia, Daniel, Guillermo y Adriana.

En 1960, compró la casona en San Isidro, escriturada a nombre de ELFAR, una sociedad anónima industrial, comercial, financiera e inmobiliaria teóricamente dedicada a fabricar y distribuir artículos de pesca.

En 1973 fue designado Secretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires, en la gestión de Leopoldo Frenkel. Ese mismo año concretó su primer secuestro extorsivo: Enrique Pels, un ejecutivo de la empresa Bonafide, que jamás quiso hablar del asunto y por cuyo rescate se pagó un millón de dólares. Puccio fue sobreseído en aquel momento por falta de pruebas.

El inicio del raid

El tristemente célebre “Clan Puccio” se formó en el ‘82 porque la familia, que nunca encajó por completo en el coqueto barrio porteño, estaba pasando por una mala situación económica. Arquímedes le propuso un plan para ganar plata rápido y fácil a su amigo Guillermo Fernández Laborda, a quien conocía desde la década del ‘70, cuando los dos asistían a la Escuela Superior de Conducción Política del Partido Justicialista.

La primera víctima fue Ricardo Manoukian (24). Jugaba rugby en el Club Pueyrredón y su familia tenía una cadena de supermercados. Fue secuestrado el 22 de julio de 1982 en Martínez cuando salía de un depósito comercial en su BMW para ir a almorzar a su casa.

Manoukian, primera víctima del clan

La mentira adoptada para concretar los secuestros es otro de los factores que convierten la historia de los Puccio en algo aún más siniestro: se aprovechaban de la confianza de sus víctimas.

Mientras conducía por Avenida del Libertador, Manoukian observa a su amigo “Alex” Puccio haciéndole señas para que parara a conversar. Fue abordado por la fuerza y a punta de pistola llevado a la casona, donde lo mantuvieron atado en el baño principal del primer piso. Pidieron un rescate de $500.000 en un “comunicado” firmado por el “Comando de Liberación Nacional”. En ellos pedían a la familia que “conduzcan con cuidado, evitando las infracciones de tránsito”. Para la entrega marcaron “postas” en botellas de cerveza y gaseosa distribuidas convenientemente en el camino para despistar y evitar ser atrapados.

Tras efectuarse el pago, Fernández Laborda le disparó tres veces en la cabeza a Manoukian porque conocía a Puccio: nunca había formado parte del plan liberarlo. El cuerpo fue abandonado maniatado en un descampado en Benavidez donde fue encontrado el 28 de mayo.

Dos crimenes más

En 1983 los Puccio instalaron en su domicilio la tienda “Hobby Wind”, una casa de implementos para windsurf y esquí regenteada por su hijo Alejandro. Pretendían con eso tener un ingreso mensual de dinero y una pantalla legal para sus negocios ilegales.

Se incorporaron a la banda el albañil Herculeano Vilca (hombre que había hecho algunas refacciones en la casa de los Puccio desde 1978) y el Tte. Cnel. (R) Victoriano Franco, que había conocido a Arquímedes cuando militaba en Tacuara. El último en unirse fue Roberto Oscar Díaz, encargado de una concesionaria de autos importados.

Arriba, Vilca y Franco. Debajo, Díaz al momento del traslado.

Eduardo Aulet (25), la segunda víctima del clan, jugaba rugby en el San Isidro Club (SIC). Ingeniero industrial, hijo de un empresario metalúrgico, su entregador fue Gustavo Contempomi, otro integrante de la banda, quien mantenía una relación sentimental clandestina con una prima de la esposa de Aulet.

El ingeniero Aulet

El secuestro se concretó el 5 de mayo de 1983 cuando el ingeniero salía en auto de su casa en Barrio Norte, con un modus operandi similar al usado con Manoukian. Tras el pago del rescate de $100.000 lo asesinaron. Su cadáver fue enterrado, en un baldío en la localidad de General Rodríguez. Fue descubierto recién en 1987, mediante el trabajo del Grupo Argentino de Antropología Forense durante la investigación de los crímenes, a la que referiré más adelante.

Antes del siguiente “trabajo” de la familia, se le encargó a Vilca la transformación del sótano de la casa en una celda hermética, para evitar así que pudieran ser oídos los gritos de las víctimas desde la calle.

El tercer delito imputado al Clan fue el intento de secuestro seguido de muerte de Emilio Naum (38). Dueño de las casas de ropa “Mc Taylor”, Puccio le habían alquilado un local en calle Florida, entre Córdoba y Paraguay.

Emilio Naum, intento frustrado de secuestro seguido de muerte

Siguiendo el plan operativo de rutina, el 22 de Junio de 1984 pararon el auto en que se conducía Naum pero al entender lo que buscaban, se resistió. Fernández Laborda, con el arma aportada al grupo por el Tte. Cnel. (R) Victoriano Franco, le disparó en el pecho y lo mató. El cadáver fue abandonado en el lugar y no pidieron rescate.

Nélida Bollini de Prado fue entregada por Roberto Díaz, a quien Puccio conoció en la concesionaria Mitsubishi de Lavallol. A la Sra. Bollini le hicieron creer que estaba en una casa de campo, colocando tres fardos de pasto húmedo y un ventilador de pie que distribuía el aire en todo la habitación, lo que habla del nivel de premeditación y planificación de los Puccio y compañía.

La investigación y las conexiones

La causa por la privación ilegítima de la libertad de la Sra. Bollini, estaba a cargo de la jueza federal Cervini de Cubría. Durante su investigación, fue que surgió la posible vinculación de la banda de Puccio con la desaparición de Aulet (recordar que hasta este momento, septiembre del ‘85, no se sabía el paradero del ingeniero), causa a cargo del doctor Héctor Grieben. “No fue casual, entonces, que el miércoles 25 de setiembre de 1985 los jueces Grieben, Servini de Cubría, sus respectivos secretarios, altos jefes policiales, una docena de operarios de la empresa Confer y cuatro perros adiestrados, irrumpieran en la residencia de los Puccio y con martillos neumáticos perforaran paredes y suelo del sótano, en la seguridad de que se encontrarían más pruebas incriminatorias. Y no se equivocaron. Si bien no encontraron el cadáver de la víctima, hallaron documentos personales del ingeniero desaparecido” escribía en su “Puccio. A 18 años” el periodista de policiales, hoy fallecido, Enrique Sdrech. Sin embargo, su cuerpo seguía sin aparecer.

Surgió también la posibilidad de vincularlos con el secuestro seguido de muerte de Naum, debido a las implicaciones de las indagatorias tomadas, a las contradicciones y, sobre todo, al nerviosismo. Fue así que, el juez en lo penal Juan Carlos Cardinali, tomó indagatoria por el caso resolviendo la vinculación del clan.

Hasta este punto, los detenidos eran Arquímedes Puccio, su esposa, sus hijos Alejandro, Daniel, Silvia y Rafael, José Luis Laborde y Roberto Oscar Díaz. Después se agregarían el coronel de ejército Rodolfo Victoriano Franco, Herculano Vica y Gustavo Contemponi.

La aparición del cuerpo

Se había establecido la vinculación del clan Puccio con el secuestro y desaparición del Ingeniero Aulet, pero su cadáver seguía sin aparecer.

El mérito de localizar el descampado en General Rodríguez donde descansaban los restos de Eduardo Aulet le corresponde al juez federal de San Isidro Alberto Piotti, quien citó a su despacho, por tener en sus manos la causa por el secuestro de Ricardo Manoukián, a Roberto Oscar Díaz, uno de los integrantes del clan Puccio, que estaba detenido en el penal de Villa Devoto junto con el resto de la banda. Tras doce horas de indagatoria, Díaz confesó la vinculación de la banda con la desaparición de Manoukián y que había sido él quien había efectuado los disparos que habían terminado con la vida del Eduardo Aulet. En medio de lágrimas, dio los detalles que los investigadores no habían comunicado en la prensa y dijo, además confesó la localización de la fosa en donde había sido sepultado el ingeniero.


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Luego de dos jornadas de intenso y cuidadoso trabajo, el grupo de antropólogos forenses a los que se les encomendó la tarea dio con los restos de Aulet, ubicados en posición de decúbito lateral bajo un gran árbol del descampado.

Las sentencias y el final

Finalmente, la Justicia condenó a reclusión perpetua a Arquímedes Puccio y a 13 años de prisión a Daniel “Maguila” Puccio, el otro hijo, quien se fugó y no cumplió la pena. A Alejandro se lo condenó a prisión perpetua; en 1997 quedó en libertad condicional tras ser revocada su pena y 30 meses después volvió a la cárcel.

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Alex Puccio al momento de su liberación en 1997

Falleció en 2008, a los 49 años de edad, a causa de una infección generalizada debida a heridas sufridas durante sus intentos de fuga (se arrojó desde el quinto piso de Tribunales y sufrió lesiones que le causaban convulsiones recurrentes).

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Alejandro Puccio tras el intento de fuga/suicidio

En tanto, en 2003, Arquímedes Puccio ya había superado los 70 años y solicitó el beneficio de la prisión domiciliaria, una figura que se aplica para los detenidos mayores a esa edad con delicadas condiciones de salud. Sin embargo, un programa de TV lo filmó fuera de su casa, y había testimonios de vecinos que contaban que paseaba habitualmente por el barrio de El Talar de Pacheco, a raíz de lo cual el beneficio le fue revocado.

Así fue nuevamente arrestado y el 25 de septiembre de 2005 fue enviado al Correccional Abierto de General Pico, pero durante su estadía allí salió una tarde hasta una despensa que estaba frente al penal de régimen abierto y robó dos sobrecitos de sopa, que escondió en un bolsillo de su sobretodo.

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El propietario del comercio lo advirtió y lo denunció sin saber que era Puccio, y así en agosto de 2005 perdió sus privilegios y recayó en la Unidad Penal 4, de Santa Rosa, conocida como Colonia Penal, donde terminó de cumplir su condena con normalidad en 2007.


Texto: Carlos Sosa

Fotografías: Archivo diario Clarín, La nación

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo quiero saber porqué nunca se imputaron a las mujeres del clan, Epifania y Silvia?

Anónimo dijo...

¿Qué hay de las mujeres del clan Puccio? Es increible que una familia como esta llegue a hacer estas cosas.
Jamás habia yo oido hablar de algo así. Se ganaban la vida secuestrando y matando personas para despues cobrar.

La mejor forma de encubrir un crimen es con una investigación deficiente...

¡Saludos!

Mi nombre es Carlos Sosa, Licenciado en Criminalística, estudiante de la Lic. en Accidentología Vial de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER), Entre Ríos, Argentina.

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Carlos F. Sosa

Lic. Criminalística

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