03 enero, 2012

El caso de Blackburn


Una campaña masiva para tomar las huellas digitales de todos los hombres de la ciudad condujo a Scotland Yard al asesino de la pequeña Anne Devaney.


La enfermera Gwendoline Humphrey realizaba en silencio sus deberes en la Sala CH3 del Queens Park Hospital, en Blackburn, Inglaterra. Gwen adoraba su trabajo, aunque era solitario a altas horas de la madrugada, cuando los niños estaban dormidos y cierta tranquilidad descendía sobre esa sección del hospital.


Esa noche del 14 de mayo de 1948, en la sala de 12 camas había seis pacientes, todos de menos de cuatro años de edad. A las 12:30 am, uno de los niños se despertó y lloró. Gwen cambió al pequeño y lo abrazó por unos momentos. Cuando el niño se durmió, lo colocó nuevamente en su camita, al lado de June Anne Devaney, de cuatro años.

June Anne había sido internada en el hospital el 5 de mayo con neumonía, pero ahora, 10 días después, estaba previsto que sería dada de alta esa mañana. Gwen continuó con sus deberes muy cerca de la Sala CH3, pero a la 1:00 am regresó para darle un vistazo a los niños que dormían. Advirtió que una puerta que conducía directamente de la sala a los jardines del hospital estaba entreabierta. En ese momento no le prestó mayor atención a ese hecho, dado que el pestillo fallaba un poco y a menudo la puerta se abría en las noches de mucho viento. Suspirando, Gwen cerró la puerta.

Cuando regresó a la camita de June Anne Devaney, se alarmó al verla vacía. Gwen informó a una de las hermanas, y ambas llamaron a la policía. Se comenzó una exhaustiva inspección de los jardines del hospital. La instalación, ubicada cerca del centro de la ciudad, tenía grandes jardines encerrados por un muro. Los que realizaban la búsqueda sólo tardaron pocas horas antes de encontrar el cuerpo de June Anne.

La cabeza de la niña había sido golpeada terriblemente. A partir de la evidencia física encontrada en la escena del crimen, se determinó que su cabeza había sido aplastada contra el muro. También había sido objeto de un ataque sexual.

Los detectives de Scotland Yard invadieron el Queens Park Hospital. Huellas que iban desde la puerta de la sala hasta la cama de June Anne eran evidentes en el piso sumamente pulido. Parecían haber sido hechas por pies descalzos e indicaban que el asesino se había detenido al lado de la cama de June Anne.

La enfermera Humphrey les dijo a los investigadores que una botella de agua esterilizada, que ahora estaba sobre el piso debajo de la cama de June Anne, había estado en un carrito que estuvo a cierta distancia a las 12:30 am, cuando ella había observado por última a la niña en su cama.

El piso y la botella fueron examinados cuidadosamente en busca de huellas. Durante el examen se descubrió que el asesino había secuestrado a June Anne mientras éste sólo llevaba puestos sus calcetines. El patrón de los calcetines se hizo visible después de las pruebas para detectar huellas. A todos los que tenían acceso a la sala les tomaron las huellas digitales, las cuales fueron comparadas con las encontradas en la botella.

Después de que se eliminaron las huellas de la enfermera, Scotland Yard quedó con varias huellas no identificadas que los detectives estaban seguros eran las del asesino.

Un aparente avance en el caso ocurrió cuando dos enfermeras dijeron a los investigadores que la noche del asesinato se les había acercado un hombre, quien había insistido en caminar con ellas a su residencia.

Más tarde vieron al extraño sujeto, quien las observaba a través de la ventana del dormitorio. Scotland Yard se preguntó si el hombre se habría excitado al punto de que, al no poder conseguir una mujer adulta, había decidido abusar sexualmente de una niña indefensa.

Los detectives, acompañados por las dos enfermeras, patrullaron las calles de la ciudad por si acaso el hombre trabajaba o vivía en las cercanías y las enfermeras lo podían reconocer.

Por coincidencia, efectivamente divisaron al individuo que buscaban. Fue detenido y admitió haber estado en los jardines del hospital la noche en cuestión. Los detectives pudieron probar que este individuo trastornado era un mirón empedernido, aunque no tenía nada que ver con el asesinato de June Anne Devaney.

Con base en la evidencia física a su disposición, la policía estableció que el hombre solicitado medía 1,80 metros de estatura. También asumieron que se trataba de alguien de la localidad, dado que un forastero no estaría familiarizado con los jardines del hospital.

Pese a la concienzuda investigación, la identidad del asesino seguía siendo un misterio. Scotland Yard tenía la sensación de que su hombre se les podía estar escurriendo. Fue entonces cuando se les ocurrió la original idea de tomarles las huellas digitales a todos los hombres de la ciudad entre 14 y 90 años. Los registros del municipio indicaban que 123.000 hombres entraban en esta categoría.

La tarea de tomarle las huellas a tanta gente sería colosal, y algunos consideraron que tal estrategia constituía una invasión de la privacidad. A fin de superar este inconveniente, se decidió solicitarle al alcalde su cooperación. Al alcalde no sólo le complació apoyar el plan, sino que también insistió en que él fuera el primero al que le tomaran las huellas.

La gigantesca tarea comenzó. Toda el área se dividió en 12 secciones. Cada casa en cada sección fue escudriñada por los oficiales de policía. Los oficiales llevaban una tarjeta para registrar el nombre, dirección y una impresión del pulgar izquierdo y ambos dedos índice. A todos los individuos les aseguraron que las tarjetas serían destruidas al concluir la investigación.
A Scotland Yard se le ocurió la IDEA de tomarles las huellas digitales a los hombres de la ciudad

Miles de huellas llegaron a una oficina central, donde equipos de detectives las comparaban con las huellas del sospechoso. Pronto surgieron fallas en la estrategia. Muchas personas estaban fuera de la ciudad en actividades legítimas cuando los oficiales llamaron. Otros estaban de vacaciones. Los militares que estaban de permiso en sus casas en la fecha del asesinato ya habían regresado a sus bases.


Después de revisar más de 46.000 huellas digitales, uno de los oficiales exclamó: "¡Lo encontré!". Las huellas en cuestión, identificadas con el número 46.253, pertenecían a un tal Peter Griffiths, un hombre de 1,80 de estatura que había servido en el ejército y vivía en uno de los vecindarios menos deseables de la ciudad. Griffiths fue detenido mientras caminaba por la calle. De inmediato preguntó: "¿Fue por mis huellas digitales que llegaron a mí?". Cuando un inspector de Scotland Yard le respondió afirmativamente, Griffiths dijo: "Bueno, si son mis huellas las que están en la botella, les contaré todo".


El acusado relató que la noche del asesinato él se había quitado los zapatos, de forma de no despertar a los otros niños en la sala. También admitió que había estrellado la cabeza de June Anne contra el muro porque la niña había comenzado a llorar.

La ropa de Griffiths fue confiscada en el hogar de sus padres. Éstos, quienes no tenían ni idea de que su hijo era el tan buscado asesino, entregaron un comprobante de empeño a la policía, que lo usó para recuperar el traje que había vestido Griffiths la noche del asesinato.

Al estudiar el traje, los científicos forenses pudieron aislar fibras que coincidían exactamente con las encontradas en el cuerpo de June Anne. Las manchas de sangre en el traje de Griffiths resultaron ser de la sangre de la niña asesinada. Peter era un bebedor solitario y empedernido y no tenía amigos cercanos.

Era el principal sospechoso en los asesinatos de otros niños cometidos en el pasado.

Aunque confesó voluntariamente el asesinato de Devaney, se rehusó a admitir que estaba involucrado en la muerte de otros niños. Un jurado inglés tomó sólo 20 minutos para encontrar a Griffiths culpable del asesinato de June Anne Devaney. Fue colgado en la Prisión Walton, en Liverpool, el 19 de noviembre de 1948.


Traducción: José Peralta.
Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

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La mejor forma de encubrir un crimen es con una investigación deficiente...

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Mi nombre es Carlos Sosa, Licenciado en Criminalística, estudiante de la Lic. en Accidentología Vial de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER), Entre Ríos, Argentina.

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