24 noviembre, 2008

BURGOS: EL DESCUARTIZADOR DE CONSTITUCIÓN

Por Álvaro Abós


Primero fue el torso, después las piernas, más tarde la cabeza. Corría el verano de 1955 cuando estos macabros hallazgos espantaron a los porteños. Era el cadáver despedazado de una mucama de 27 años que había encontrado la muerte de la mano del amor

¿Qué novedad traía el carnaval de 1955? Ninguna, pensaban los periodistas en aquel tórrido febrero. Salvo que el disfraz de moda ya no era el del Zorro, ni el de oso Carolina, sino el de marciano con antenitas. Los mejores bailes fueron los del Club Comunicaciones, donde tocaron las orquestas de Ray Nolan, Ary Barroso y Aníbal Troilo. Aquel verano, Pichuco estrenó Fangal, un tangazo póstumo de Discépolo.

Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como… el verano del crimen.

La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlin­gham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada.

La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.

El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.

Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes.

Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:

–¿Cómo fue despedazada la mujer?

–Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical.

–¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?

–Podría ser, pero no es seguro.

Muñeca rota

En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos. Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el cuerpo.

Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula. Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue identificada la mujer cortada en pedazos.

Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco, frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger, también doméstica.

–¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? –preguntó el comisario Evaristo Urricelqui, jefe de Homicidios.

–Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?

Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.

Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta. Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido "otro hombre".

Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de 1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.

Pero, ¿dónde estaba Burgos?

Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura. Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo del último vagón.

Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde quedó detenido en el Departamento de Policía.


Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.

Un hombre enjaulado

El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.

–Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes apretados –recuerda Donato–. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La policía temía que pudiera suicidarse… Llegaban policías desde todos lados para observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá… Mamá… Ellos estaban en Necochea. Felices estaban… Mire ahora qué lío…"

A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.

Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.

Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas páginas al crimen y todos sus avatares.

Los dos bandos

Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado.

Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.

No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.

La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16 de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.

El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.

El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple. El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.

Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos –su explicación sobre la pelea y su perfil de buen ciudadano– pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14 años.

En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.

Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a Alcira.

Extrañas coincidencias

Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".

El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto…

Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo –Meneses– se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges

Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.

La hipótesis del asesino serial

¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores, evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie consignó.

–Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el asesino no iba a descansar, como él mismo decía.

–¿A qué iba?

–Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.

LA DESAPARICIÓN DE MARTA STUTZ

Por Álvaro Abós


En 1938, en la provincia de Córdoba, una niña de sólo nueve años sale de su casa para comprar una revista y jamás regresa. Se sospecha que fue secuestrada. Sin embargo, nadie pedirá rescate...


A Martita Ofelia Stutz su mamá le había dado permiso para que fuera a comprar el Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Martita tenía nueve años y vivía en el barrio San Martín de la ciudad de Córdoba. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz. Todo sucedió en 1938, el año en que Hitler ocupó Austria, México nacionalizó el petróleo, se suicidaron Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, y River Plate inauguró el Monumental.

Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Siesta y pujanza, peperina y cambio. Calles tranquilas, largos paseos al borde del arroyo La Cañada, pero también rascacielos en construcción. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.

Eran las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.

-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.

-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.

¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.

Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.

Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.

Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba olvidaron la Guerra Civil en España y salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.

"Su carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un torso macizo y desarrollado. ¡Nueve años!", escribiría Leonardo Castellani. Una imagen que se volvió pesadilla para los argentinos durante muchos meses.

¿Por qué la desaparición de Martita Stutz conmovió de esa forma al país? Quizá porque simbolizaba un miedo ancestral: el mal puede golpear también a los inocentes. Ese miedo se corporizó en los peores monstruos: los asesinos de niños; en 1440 fue Gilles de Reis, que mató a centenares de inocentes. En 1931, Peter Kûrten, llamado "el vampiro de Düsseldorf", cuya cabeza rodó bajo el hacha del verdugo.

La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la Maffia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.

Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron -y se pagaron- por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.

La cacería

Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.

La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.

-A Martita -repetía la madre, angustiada- yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.

La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.

El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue -decían los pequeños testigos- un rato después de la de­saparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".

La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.

Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.

Los sospechosos

Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. ¿Humanas?

Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.

Se busca al monstruo

La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher -que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba- y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante. un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rab­domante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!

Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:

-Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido.

La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.

El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:

-¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena!

En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso. Crítica titula: "Como los antiguos caldeos, el juez Achával emplea la astrología para resolver un crimen".

El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.

La creación del monstruo

Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.

La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.

Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente -no tenía antecedente alguno-, no era trigo limpio.

Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:

-Una tarde yo estaba en casa de una señora C., escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.

-¿Qué menores?

-Niñas de 9 o 10 años.

Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a S.Z. como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal S.Z. le "pidió chicas".


Portadas del Diario "El Orden" de Santa Fe, fechados el 21 y 22 de Diciembre de 1938

Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna cana al aire -y alguna de sus "amigas", como la Fonseca, lo traicionó acusándolo sin piedad- no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.

Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.

Deodoro, por la defensa

Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.

La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirle cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.


Titulares sensacionalistas de la nochebuena y la navidad de 1938

Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública. -sostiene allí Deodoro Roca-. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública. junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros."

El caso se politiza

Como no podía ser de otra manera, la de­saparición de Marta Ofelia Stutz, un crimen que en principio sólo tocaba esferas privadas, se politizó. ¿Qué pasaba en la Argentina y en Córdoba en 1938? Eran muy distintos los respectivos gobiernos. Ocupaba la presidencia desde comienzos de ese año el doctor Roberto Ortiz, radical antipersonalista, candidato de la Concordancia, alianza entre los conservadores y los radicales antiyrigoyenistas. Ortiz, un abogado de empresas extranjeras, estaba afectado de diabetes y cedió el cargo a su vicepresidente, el opaco dirigente conservador de Catamarca Ramón S. Castillo.

Pero en Córdoba el panorama era distinto. Gobernaba desde 1936 el líder radical Amadeo Sabattini, carismático médico de Villa María, de probada popularidad en la provincia, sobre todo entre los chacareros. Para Sabattini era peligrosísima la repercusión del caso Stutz porque el gobierno nacional amenazaba al de Córdoba con la espada de Damocles de la intervención federal, un recurso que entonces se usaba con frecuencia. El crimen impune, el fracaso de la investigación, las salpicaduras que ella arrojó sobre la corrupción y la ineficacia de los políticos, hicieron tambalear el gobierno de Sabattini, que estuvo al borde de ser defenestrado. Los conservadores convirtieron el sepelio del hornero Vidoni en un acto político contra lo que llamaban despectivamente "el klan radical".

Desde muy distintas perspectivas, la de­saparición de Marta Ofelia fue considerada un símbolo de la decadencia política argentina: "Odiosa politiquería, infinitamente corrupta", apostrofó el escritor jesuita y heterodoxo Leonardo Castellani. No se quedó atrás el director de la revista Criterio, monseñor Gustavo J. Franceschi, al acusar a la "pasquinería" de oscurecer la investigación. Deodoro Roca, desde una perspectiva opuesta, también acusaba a la "prensa amarilla". Sostuvo que "para salvar grandes y proficuas ediciones, hubo que llenar páginas con títulos torcidos, con «picantes» escabrosos."

Crimen impune

En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.


El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.

Entre 1938 y 1943, cuando el telón se corrió sobre el caso, muchas cosas habían pasado: la suerte de Hitler estaba por cambiar en los campos helados de Rusia, pero ya había muerto buena parte de los sesenta millones de víctimas que dejó en herencia. Lisandro de la Torre se había pegado un tiro en su casa de la calle Esmeralda. El cardenal primado de la Argentina, Santiago Luis Copello, había sido el principal candidato para suceder al papa Pío XI, pero en su lugar el Cónclave nombró a un italiano.

No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 75 años.

MUERTE EN EL LAGO

Por Álvaro Abós


Un día frío de invierno de 1929, el cuerpo descuartizado de una joven mujer aparece en un lago de Palermo. A partir de allí, la policía y los sabuesos de la prensa amarilla desandan la trama de un crimen pasional que mantuvo en vilo a los porteños y que Alvaro Abós relata aquí en esta nueva entrega de la serie.


El asesinato y descuartizamiento de Virginia Donatelli, perpetrado por su amante, el chofer Julio Bonini, hubiera sido un hecho espeluznante pero también trivial de la crónica roja si a sus peripecias no se le hubieran sumado dos circunstancias: el halo de romanticismo negro que ya entonces –1929– tenía el lago de Palermo donde se encontró el torso de Virginia y la avidez por los detalles del crimen que se había desatado en el periodismo de Buenos Aires.

Todo comenzó un mediodía frío y húmedo, el del 23 de julio de 1929. A un niño que jugaba junto al lago, la pelota se le fue al agua y la niñera, para calmar su llanto, acudió al guardián, que juntaba hojas caídas. La pelota no estaba lejos, pero el rastrillo enganchó otra cosa: un paquete de arpillera atado con alambre de fardar. El guardián avisó a la policía. Acudieron dos agentes y desataron el bulto. Contenía un torso de mujer.

La noticia del macabro hallazgo abrió lo que la prensa llamaría "el misterio de la descuartizada del lago de Palermo". No era el primer homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento) y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y en diversos baldíos del barrio sur. El asesino huyó a Francia en un barco y la justicia argentina pidió su extradición, que no fue concedida, lo que motivó un incidente diplomático. Tramblié murió en una prisión francesa en 1914. A los porteños de entonces, el caso Farbos les recordaba los sucesos que habían ensangrentado Whitechapel, el barrio de Londres en el que, en 1888, había sembrado el terror Jack el Destripador.

En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:

—¿Dónde vas con el bulto apurado?

—A los lagos lo voy a tirar.

—Es el cuerpo de Augusto Conrado, al que acabo de descuartizar…"


De Orfeo a Túpac Amaru

Pocos delitos hay más perturbadores que la muerte con desmembramiento: toca emociones profundas del hombre y ha sido recogido por los mitos, el folklore, las religiones. En La rama dorada, de James George Frazer, un libro clásico de la ciencia antropológica, se citan casos como el del dios Osiris, muerto y despedazado por sus fieles para cumplir un rito de fertilidad; el de Orfeo, también descuartizado, y el de Rómulo, a quien los senadores romanos desmembraron y enterraron en los cuatro puntos cardinales de Roma. En las Bacantes, de Eurípides, Dionisio es entregado por el rey de Tebas a su madre, quien ordenará su descuartizamiento. También las sagas nórdicas son pródigas en historias similares, como la del rey Halfdan, cuyos despojos fueron esparcidos para asegurar la felicidad y descendencia de su pueblo.

En el continente americano, el descuartizamiento fue usado como pena en resonantes procesos contra rebeldes tales como Lope de Aguirre o Túpac Amaru. En el Olimpo del crimen francés reinan personajes como Cravantor, descuartizador guillotinado en 1840; madame Hannebois, despedazada por su marido en 1849, o el famoso caso de la descuartizada de Saint-Ouen (1873), sobre el que escribió André Gide. Ya en 1836 el diario New York Herald, antecedente de la yellow press, o prensa amarilla, que medio siglo más tarde desarrollarían Pulitzer y Hearst, agotaba ediciones detallando el crimen y el descuartizamiento de la prostituta Helen Jewett.

Pero, lejos de estas erudiciones, otras cosas preocupaban en aquel julio de 1929 al comisario Roberto Barneda, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal: ¿quién era la mujer cuyo torso había aparecido en Palermo? ¿Dónde estaban la cabeza y las extremidades? Varios buzos se sumergieron en el lago, pero esas diligencias, seguidas con ansiedad por la población, no dieron resultado. La autopsia determinó que el tronco pertenecía a una mujer morena, de unos 25 años, que medía alrededor de un metro setenta; había muerto hacía 24 o 48 horas. Los agentes recorrieron cada centímetro de la ciudad buscando restos. Encontraron la cabeza sumergida en Puerto Nuevo y las extremidades en un canal que atravesaba una zona despoblada de Palermo. La foto de la cabeza de la mujer, borrosa por la acción del agua, sólo se animó a publicarla en tapa el diario Crítica.

Para Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX que acababa de visitar Buenos Aires, Palermo era una joya urbana. Es más, imaginó una Buenos Aires que fuera un enorme Palermo. Llamó a esa utopía la Ville Vert (ciudad verde). También Jorge Luis Borges era un enamorado del barrio, pero había advertido la naturaleza dual de Palermo, al que bautizó "naipe de dos palos": lugar de opulencia, jardín maravilloso, pero también guarida de cuchilleros, sicarios y asesinos de toda laya. El crimen de Virginia Donatelli terminó de resolverse en ciertas calles del Palermo de clase media, en los bordes del barrio que limitaban con Balvanera o el Retiro, en calles que Borges y sus amigos Xul Solar y Macedonio Fernández recorrían a diario: Laprida, avenida Las Heras, Cabrera, Sánchez de Bustamante.

Palermo de San Benito, y sobre todo su lago, escondían ya entonces historias truculentas. El parque había sido la residencia privada del brigadier general don Juan Manuel de Rosas y se decía que la Mazorca echaba allí los cadáveres de los perseguidos. Tras la batalla de Caseros y la huida de Rosas, racimos de ahorcados –mazorqueros y rosistas– colgaban de sus árboles, como lo describe una magistral página de Sarmiento. Antes y después del caso Donatelli, el lago y sus alrededores fue escenario de numerosos crímenes, algunos reales y otros literarios. Por ejemplo, el que el protagonista ve, olvida y luego trata de recordar en la novela El sueño de los héroes (1954), de Adolfo Bioy Casares.

Fue allí, en Sánchez de Bustamante 1638, donde Julio Bonini mató y despedazó a Virginia Donatelli.

Prensa y crimen

El crimen de Virginia Donatelli se convirtió en un episodio más de la larga batalla que enfrentaba a dos diarios vespertinos. Uno era La Razón, que se publicaba desde 1905. El otro, Crítica, fundado por el uruguayo Natalio Botana en 1913 y que había vegetado hasta que, a comienzos de la década del veinte, encontró la fórmula periodística que le ganó cientos de miles de lectores: grandes titulares, fotografías, caricaturas y dibujos, generosos espacios para el deporte, el espectáculo y el crimen. No excluía denuncias políticas e investigaciones resonantes, pero le agregaba entretenimiento y evasión, de los que estaba sediento el hombre urbano, esos miles y miles de porteños que cada tarde salían de su trabajo y abarrotaban los trenes hacia los suburbios con su diario bajo el brazo.

Portada del periódico "El Orden" fechado el 2 de agosto de 1929
"
Policial / Buenos Aires- Hallazgo de una mujer descuartizada en el lago de Palermo"

En 1929, montado en su espectacular cobertura del crimen del lago de Palermo, Crítica llegó a vender 750.000 ejemplares por día en sus ediciones quinta y sexta, a las que se agregaba a veces la cuarta edición, al mediodía. Este diario, que en su redacción albergaba a talentosos escritores jóvenes, como Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Conrado Nalé Roxlo, y que incorporaría pronto a Jorge Luis Borges, triunfó en la batalla de las tardes.

Por las mañanas, el diario de mayor circulación era La Prensa, indispensable por sus pequeños anuncios; luego, La Nacion. En 1928 había aparecido el nuevo diario El Mundo, con un tamaño moderno, llamado tabloid: era más chico y manuable que los tradicionales formatos sábana y pronto alcanzó, en parte debido a las Aguafuertes porteñas que cada día escribía Roberto Arlt, los 125.000 ejemplares diarios.

Uno de los periodistas estrella de Crítica, Héctor Pedro Blomberg, glosaba los crímenes del día en romances. Y así trató el caso Donatelli:

"En el lago flotante, en las aguas, Un sereno encontró el otro día

El cadáver cortado en pedazos De una pobre mujer. ¿Quién sería?(…)

¿Quién llevó esta carroña hasta el lago y la hundió cuando nadie veía?

¿La llevó algún señor de Lavalle? De Lavalle y Riobamba sería…"

Los cronistas policiales de Crítica, como Gustavo Germán González, o de La Razón, como Silveiro Manco, y también los sufridos sabuesos de Ultima Hora, otro vespertino popular, elaboraban las más extrañas conjeturas sobre el crimen. Llegó a asociarse el hallazgo del cuerpo en pedazos de Virginia con La Flor Azteca, un espectáculo de ilusionismo que convocaba multitudes en un teatro de Corrientes. Se trataba de una cabeza cortada, confeccionada en cera, que hablaba; exhibida en una caja de vidrio blindada, este prodigio de ilusionismo era presentado como un fenómeno mundial y se invitaba al público a observar de cerca y hasta a tocar el sellado hermético del cofre.

–¿De quién es el cuerpo encontrado en el Riachuelo? –preguntaban los porteños.

–¡Es el cuerpo de La Flor Azteca! Si total no le sirve para nada…

Estimulado por el despliegue periodístico, el público se obsesionó. Ya detenido, el acusado Bonini recibía en la cárcel miles de cartas y, tras su crisis religiosa, durante la cual fue convertido y bautizado por monseñor Miguel de Andrea, le enviaban Biblias y catecismos. La boda con su novia de siempre, celebrada en la Alcaidía de Tribunales, fue cubierta con despliegue por los diarios. El abogado defensor de Bonini pidió que la pareja, con la debida custodia, fuera a tomar una copa en El Molino de Callao y Rivadavia, como también reclamaba la prensa. Pero el juez denegó el pedido.

Un año agitado

¿Pero acaso no pasaba nada en aquel 1929? Sí, pasaban cosas, y qué cosas. En México sigue la revolución permanente y es fusilado el asesino del presidente Cárdenas. En Roma se firma el Tratado de Letrán, por el cual fue reconocido como Estado el Vaticano. Francia se siente huérfana: ha muerto el mariscal ­Foch, héroe de la Primera Guerra Mundial. Ramón Franco, que intentaba cruzar en avión el océano Atlántico, cae con su monoplano frente a las costas del Brasil. Martes negro en Wall Street: hecatombe económica mundial. En la Argentina, donde gobierna el anciano líder Hipólito Yrigoyen, un anarquista llamado Gualterio Marinelli se acerca al presidente cuando éste sale de su casa en la calle Brasil: según algunos, para matarlo; según otros, para entregarle una carta. La custodia lo acribilla a balazos. Yrigoyen, que sería defenestrado por un golpe de Estado nueve meses después, acude a la comisaría para pedir por su agresor y, al saber que está muerto, queda un lago rato ante el cadáver. En Mendoza es asesinado el líder irigoyenista Carlos Wencesalo Lencinas, el popular "Gauchito". Pero los argentinos que compran ávidamente diarios y revistas quieren saber novedades sobre el crimen de Palermo…

La víctima

El examen de las huellas dactilares permitió individualizar a la mujer descuartizada: era Virginia Donatelli, de 23 años, una telefonista que había quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232, una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras:

–Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora…

Más piadosa resultó la hermana mayor de Virginia, Angela, viuda, quien criaba a un pequeño hijo de Virginia, fruto de algún amor fracasado; Virginia había tenido otro hijo, en el Hospital Rivadavia, que había muerto en el parto. Angela Donatelli pidió a la policía que la dejaran tranquila, pues sólo quería "hacer del pobre hijito de Virginia un ser decente…"

Lamentablemente para la familia Donatelli, los sabuesos de la prensa policial ya indagaban cada detalle del caso. Es que la historia de Virginia, la chica descarriada, la bonita morena sacrificada en el altar de la ciudad cruel, era un boccato di cardinale para la prensa de Buenos Aires, una ciudad que se había transformado de gran aldea en metrópolis y cuya prensa también cambiaba al mismo ritmo.

Como la vida sentimental de Virginia Donatelli había sido agitada, era difícil para la policía seguir la pista de todos los hombres con los que había tratado. Sin embargo, se encontraron otras pistas. Las arpilleras que envolvían los restos tenían rastros de granos de maíz. Se investigaron los corralones y depósitos de forrajes de la ciudad. Se llegó a un almacén de granos en Cabrera 3056. El propietario, Genaro Pipo, dijo que no recordaba nada y además se rió de la policía:

–Yo cada día vendo muchos kilos de papas y forraje, y uso cantidad de bolsas y alambre de fardar.

Pero la policía le hizo hacer memoria, y lo que recordó Pipo fue decisivo: unos días atrás se había presentado en el corralón un hombre muy bien vestido. Iba al volante de un Rugby 29, un cochazo. Explicó que el motor se le había quedado y pidió un pedazo de alambre para repararlo y una bolsa o dos de arpillera para no ensuciarse.

–¿Cuántos Rugby 29 hay en Buenos Aires? –preguntó el comisario Barneda a sus colaboradores.

Había sólo 5 o 6. Allí fueron los investigadores. Comprobaron las coartadas de todos los propietarios. Irreprochables. El último era un ingeniero de prestigio, llamado Francisco Balbín. Este contó que la única persona que manejaba su Rugby 29, con patente 8110, era su chofer personal, llamado Julio Bonini, un hombre de 35 años por quien Balbín ponía las manos en el fuego.

–¿Dónde está Bonini, ingeniero?

–Es raro –admitió el ingeniero tras un silencio–. Ahora que me lo dice, hace unos días que no viene a trabajar…

La policía indagó a fondo al chofer. ¿Quién era Bonini? Un muchacho simpático y buen mozo; un típico porteño. Sin antecedentes delictivos. Enamoradizo, galán. Morocho, con cierto aire gardeliano. Ultimo domicilio registrado: Paraguay 3528. En realidad, era la vivienda del hermano de Bonini. Partió para allí una comisión policial.

El hermano dijo que no sabía dónde estaba Julio y no dijo una palabra. Pero la cuñada de Bonini, Graciela Donato de Bonini, habló. Reveló que Virginia Donatelli y Bonini se amaban, que habían vivido juntos un tiempo. Y acusó a Virginia de haberle arruinado la vida a Julito. La policía no tardó en detener al sospechoso, que lo negó todo. En verdad, no había muchas pruebas contra él. Pero Bonini era un hombre agobiado. No resistió las "sesiones" y terminó por liberar su culpa con una larga confesión.

Portada del periódico "El Orden" fechado el 8 de agosto de 1929
"Policial / Buenos Aires- Julio Bonini, autor del descuartizamiento de la mujer encontrada en el lago de Palermo."

Como un tango trágico

Julio Américo Bonini tenía varias novias. Una de ellas se llamaba María Luisa Moneta, y era una chica decente que vivía con sus padres en Blanco Encalada 1370. Bonini le había prometido casamiento. Pero a Julio Bonini se le cruzó Virginia: cabello oscuro, cuerpo largo y excitante, caderas eléctricas. Y Bonini perdió la cabeza. Así lo explicaba Graciela, la cuñada:

–Durante un tiempo, Virginia y Julio vivieron juntos en una pensión de la calle Juncal. Peleaban mucho; Virginia quería que él dejara a la novia. Pero María Luisa también lo presionaba: o ella o yo, le decía a Julio. Y Bonini no encontró mejor manera para salir del paso, que… Ultimamente ocupaban un departamento en la calle Sánchez de Bustamante. El 20 de julio los fui a ver. Encontré a Julio trastornado. Había discutido con Virginia y él le había pegado con un martillo. Horrorizado, Julio se dio cuenta de que Virginia estaba muerta. Todos caímos en la desesperación. Julio quería entregarse. Llamamos a mi marido y él lo disuadió. Ya nada tenía remedio. Entonces, lo ayudamos a Julio a cortar el cuerpo de Virginia y a envolver los pedazos… Sí, nosotros llevamos los bultos en colectivos y los dejamos aquí y allá…

Bonini se había ocultado en casa de María Luisa Moneta. ¿Le dijo la verdad, entonces? Lo cierto es que María Luisa lo perdonó, porque tiempo después el juez doctor Avellaneda Huergo autorizó que se casaran.

Julio Bonini fue condenado a la máxima pena del Código Penal por el delito de homicidio simple: veinticinco años de prisión. El descuartizamiento no fue considerado agravante. No hubo, dijo la Cámara Penal, ensañamiento: había descuartizado a su víctima para salvarse, y no hay crueldad sobre materia ya muerta. En cambio, la sentencia admitió que hubo premeditación. El juez no aceptó la atenuante de emoción violenta alegada por la defensa. El hermano y la cuñada recibieron penas menores por complicidad.

Julio Bonini, como es bastante habitual en los homicidas pasionales, observó perfecta conducta en la cárcel y recuperó su libertad en algún momento de los años cincuenta, para perderse en el anonimato de la gran ciudad.

¿Qué hubiera sido de Julio Bonini y de Virginia Donatelli si él no se hubiera asustado y si no hubiera serruchado el hermoso cuerpo de la mujer morena y si el lago de Palermo no hubiera contagiado al crimen su propio mito negro? Un sábado de julio de 1929, a las 20 horas, mientras Bonini mataba y descuartizaba a Virginia, Carlos Gardel, ya entonces un rey, cantó por Radio Excelsior: ¿lo estaba escuchando Bonini?

En todo caso, no pudo escuchar Por una cabeza, ese tango que habla de turf, pero también de un amor loco y cuya letra hubiera sido un apropiado coro para el crimen de Virginia Donatelli. Pero fue escrito en 1935. Los cuentos, incluso los cuentos negros que inventa la realidad, nunca cierran del todo. Entonces, ¿por qué no imaginar lo contrario? ¿Por qué no suponer que Alfredo Le Pera y Carlos Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?

"Por una cabeza, todas las locuras, su boca que besa borra la tristeza, calma la amargura.

Por una cabeza, qué importa perderme mil veces la vida, ¡para qué vivir!"

La mejor forma de encubrir un crimen es con una investigación deficiente...

¡Saludos!

Mi nombre es Carlos Sosa, Licenciado en Criminalística, estudiante de la Lic. en Accidentología Vial de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER), Entre Ríos, Argentina.

En este blog podrás encontrar información referida a las Ciencias Forenses: artículos, casos, curiosidades, información de actualidad, fundamentos técnicos de la investigación Criminalística, info de eventos...

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Carlos F. Sosa

Lic. Criminalística

Balística-Papiloscopía-Documentología

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